En una estancia totalmente a oscuras, un hombre despierta inmóvil y se nos presenta como una voz titubeante, desconcertada. Conmocionado, no sabe quién es. Amnésico, no recuerda qué ha ocurrido. A fin de orientarse, la anónima voz adopta la estrategia de inventar desde cero una historia, con la esperanza de reconocer algo en los detalles que despliegue el relato. «Voy a inventar una historia. Con el fin de averiguar algo la proyectaré en la real tiniebla que percibo con los ojos abiertos. Una historia a ser posible sencilla, y que transcurra en poco tiempo; una historia que pueda ser verdad para quien la mire desde ese punto de vista». Las tentativas de su imaginación, de vez en cuando jaleadas con acotaciones irónicas, van alumbrando personajes que establecen entre sí relaciones al principio borrosas, confusas, mientras llenan de peripecias y de resonancias sentimentales la penumbra del mundo fabulado hasta, en algunos pasajes, incendiarlo. Al final, la estrategia proporcionará al narrador (y al lector, que le ha acompañado en su improvisado empeño inventivo) una considerable sorpresa.