Entre los archivos personales de Camila Cañeque, fallecida el 14 de febrero de 2024, apareció una novela inédita: Anuncios. Escrita en paralelo al proceso de creación de La última frase —obra que reflexiona sobre el final de las cosas, convertida en una de las sorpresas literarias de los últimos años—, se trata de un hallazgo que amplía y tensa el universo de una autora que hizo de la ausencia y la inacción una forma de arte.
Como describe la propia autora en una nota que acompaña esta novela: «En sus páginas, un personaje es observado por una narradora que se declara desde el principio como la autora del libro. Él habla con ella, para ella, pero ella permanece en un silencio sostenido a lo largo de todo el relato, manteniéndose en un estar ausente y limitándose a presenciar los hechos sin intervenir, sin responder. A través de su mirada muda, entre robótica y forense, se conocen las circunstancias de Don, el protagonista, que no es ni un Don Quijote, ni un Don Giovanni, ni un Don Trump, sino un don nadie que es progresivamente expulsado no sólo de la ciudad de Nueva York en la que vive, sino de un siglo xxi en el que se encuentra perdido y al que no pertenece. Sus dos cuerpos conviven, se tocan, comparten espacio y tiempo, pero las palabras van en una sola dirección. Como si el monólogo de él, sólo interrumpido por las voces de otros, fuera registrado por una cámara de vigilancia puesta en su frente. Él dice y hace, ella escucha y ve. Se impone así un método secreto: participar sin intervenir. El título Anuncios se refiere al telón de fondo, a un paisaje inevitable donde los productos habitan escenarios, donde los algoritmos delimitan el horizonte de los individuos, ofreciendo servicios, marcas, ideales y referencias, pilotando la realidad».
Anuncios propone una experiencia incómoda y fascinante: asistir al espectáculo de una vida retransmitida por y para una espectadora muda. ¿Quién mira a quién? ¿Quién escribe realmente el libro?
«No recuerdo escritora más desacomplejada que Camila Cañeque a la hora de concederle la máxima importancia a lo literario en la escritura». Enrique Vila-Matas, El País