Con la edición conjunta de los libros autobiográficos y memorialísticos de Emilio García Riera (El cine es mejor que la vida y 70 años de ser yo) se pretende paliar un injustificable vacío entre nosotros, el que rodea a algunos miembros de la "segunda generación" del exilio, formada por aquellos que, de niños, acompañaron a sus padres en el obligado destierro republicano español. Puede que esta experiencia traumática, aleación de soledad, desarraigo y secretos, inclinara a muchos de ellos al cine, todopoderoso en las dos únicas decadas sonoras, los treinta y los cuarenta, en las que no tuvo que enfrentar la competencia de la televisión, y fundamental fuente lúdica y de conocimiento para los García Riera, García Ascot, Elío, De la Colina y tantos otros que se pasean por estas páginas. Esa importancia capital explicaría el trabajo abnegado y obsesivo del García Riera historiador, su pasión por el dato y los hallazgos filmográficos de los miles de páginas que dedicó a la cinematografía mexicana, pero sobre todo la manera en que, en el cinefilo, esta pasión concreta puede convertirse en una forma de vida, estructuradora del pensamiento y la moral personal. Lo que siempre se alabó de su Historia documental del cine mexicano, la mezcla de rigor y agudeza, la ausencia de solemnidad