Ricardo de San Víctor vivió apasionadamente la llegada del siglo XII. Nacido en Escocia, cruzó el canal que dividía no solo geográficamente Europa en dos mitades.
Junto a sus amigos Hugo, Geoffroy, Archad, Adam y le Breton, Ricardo -el prior- recibía en su abadía un número enorme de estudiantes que, desde las escuelas catedralicias de Reims, Tours o Chartres llegaban ansiosos por saber. La ciudad se levantaba sobre la pobreza y la miseria. Las nuevas catedrales desarrollaban un nuevo arte gótico que conseguía que las piedras volaran. París era un hervidero de vida. Llegaban a ella oscuros pergaminos de Oriente en lenguas desconocidas, se acuñaban ingeniosas fórmulas jurídicas para que los príncipes encajaran el nuevo orden burgués que desplazó el antiguo orden feudal. Clérigos, teólogos, frailes, trovadores y mesoneras, cruzados y templarios que huían de la guerra, nuevos burgueses de Flandes que importaban lana desde el otro extremo del mundo, obispos acaudalados, canónigos, servidores del emperador o del rey, todos eran objeto de la Reforma con la que el Papa Gregorio había comprometido al mundo.
Todos escuchaban con claridad la llamada de su tiempo. ¡No habría un nuevo mundo sin ciencia! Ricardo, corazón grande, supo dar lo mejor de sí mismo para unirse al gran proyecto que vería nacer la universidad de la Sorbona.
Esta novela es un homenaje a aquellos hombres valientes y generosos que entregaron su vida al estudio sin huir del mundo. Pertenecían a la generación recogedora del fruto silencioso del claustro, y sembradora de la semilla del amor a la verdad que hervía en su interior.