Clima interior prescinde del barroquismo precedente de otras obras del autor, en una tarea de difícil depuración, busca la limpieza del nombrar y la transparencia expresiva de las fuentes tradicionales. La cuidada y tersa sintaxis modula una lengua lenta, sencilla y llena de delicadeza.
La primera parte, «Espacios» reúne sobre todo estampas de viaje, donde los datos de la mirada se traducen en una definición emocional o sentimental de quien mira. En la segunda, «El don de la belleza», ocurre lo mismo con la pintura, aunque con mayor voluntad de trascendencia colectiva. Así, durante ambos recorridos, van diseminándose las claves de una identidad, que de modo intermitente el sujeto afirma o relega; desde la declaración de un olvido total a las irrupciones de la infancia, desde los fragmentos de experiencia al deslumbramiento del cuadro que exige conclusiones universales. Mirada y memoria, desarrollan un conflicto que no alcanza síntesis.