Con un corazón roto y disperso no se puede evangelizar el mundo. Hay demasiada gente que se siente sola y frustrada. Dios infundió su Espíritu de felicidad en el corazón y, por tanto, en el rostro del primer hombre (Gen 2, 7), confiándole una tarea que se inciaba maravillosamente y que tenía que completarse en la historia.