En la nueva novela de Fernando Riquelme, La azarosa vida de Juan el Caparra, volvemos a encontrar los rasgos que caracterizan su literatura: los sutiles y certeros análisis sociológicos y psicológicos, a menudo impregnados de un sentido del humor implacable, la capacidad de observación, la sabiduría léxica y su talento para crear personajes complejos y llenos de matices, siempre profundamente humanos. Aquí, el personaje principal tiene algo de aventurero y de pícaro, algo malote y con un punto tierno. El autor lo describe como un buen mozo , trabajador, lleno de curiosidad, con ambición, capaz de adaptarse a los más distintos oficios en cualquier continente, ya sea como legionario, gerente de un prostíbulo, chófer o empresario. Su vida es azarosa , con inmensos saltos en su trayectoria debidos a las más variopintas casualidades. Sin ser malo tampoco es bueno, más bien carece de la necesidad de regirse por una moral estricta. Intenta sobrevivir lo mejor que sabe, exprimiendo con astucia o con valentía las posibilidades que le brinda un mundo que no es fácil. Y, al igual que al mítico personaje de El Lazaril