Un hombre pasa la tarde en el parque. Es su primera vez a solas con los hijos de su nueva pareja, madre de trillizos. Como se niega a interactuar con otros adultos en su misma situación, finge leer el periódico, en el que anota: «La familia es una cédula opresiva». Irónico, mordaz y ocurrente, el narrador de esta historia es alguien sin hijos propios que en la cincuentena deja atrás su existencia anterior para convertirse, de pronto, en padre postizo y ocasional de una familia numerosa, un universo ajeno en el que trata de desenvolverse como buenamente puede. La nueva posición en la que lo coloca esa paternidad imprevista le sirve para abordar algunos de los temas cruciales del momento: el síndrome del salvador que padece la clase media intelectual ante las personas racializadas, migrantes y vulnerables; el discurso épico en torno a los cuidados, concebidos en ocasiones más como coartada moral que como una exigencia casi siempre involuntaria; la incompatibilidad entre nuestros frágiles y subyugantes ecosistemas laborales y la necesidad de tener una vida propia. A través de este hijo de las clases obreras que emigraron a las periferias de las grandes ciudades transformado en uno de esos profesionales del emprendimiento proclives al eslogan vacuo y la rapiña, Los trillizos plantea una revisión de la figura del desclasado cultural y dibuja un retrato crítico de los nacidos en los setenta, esa generación bisagra que quiso ser una alternativa al conservadurismo, y también a la socialdemocracia biempensante, pero terminó víctima de sus propias mitificaciones, atrapada en un baile de conceptos y códigos de conducta intercambiables.