Lo que somos en "La Virgen de los sicarios" en cuanto sociedad, país y cultura, podríamos relacionarlo con un tribunal común que aprendió a matarse con la misma intensidad con que aprendió a juzgarse. Un juego que sugiere la potencia perceptiva del lenguaje, más allá de los artificios estructurales de la lingüística y de la ambición de la conciencia. Es la fuerza de un pueblo que habla, trasgrediendo al orden letrado desde el que se organiza el mundo. Abrir el lenguaje para que se abra el mundo.