Si se le preguntara a un mallorquín por los lugares menos atractivos de la isla, Can Pastilla -un barrio costero de Palma mal concebido, mal urbanizado y mal construido-aparecería en todas las respuestas. Los mallorquines, sin embargo, quizá por su relación compleja con el paisaje, siguen unidos por fuertes lazos sentimentales a lugares así. Los que en los años del boom turístico de la decada de los sesenta eran niños, como el narrador de Un hombre sin paisaje, que llegaron a atisbar algo de la vida anterior, han visto las nubes desde ambos lados, como diría Joni Mitchell. Esa mirada bisagra recorre las páginas del presente libro de Juan Pablo Caja, quien, de la mano de un conjunto variopinto de personajes y sin rehuir ninguna de las peculiaridades de Can Pastilla, consigue evocar su atmósfera cambiante, sus tiempos, sus "luces que se encienden y se apagan".