se atiene a la documentaciǟ��n concreta, verificable y confirmada, de la ǟ��poca. La obra estǟ�� literalmente sembrada de citas textuales de documentos obtenidos de los archivos del Departamento de Estado de los EE.UU., del Senado y del Congreso norteamericano, de la Inteligencia britǟ��nica y de otras fuentes similarmente sǟ��lidas. No es, por cierto, una obra especulativa y prǟ��cticamente cada afirmaciǟ��n estǟ�� respaldada por lo que Sutton mismo denomina ǽ�?�?hard factsǽ�?��, ǽ�?�?hechos durosǽ�?��, o pruebas concretas.En primer lugar, hay que tener presente que en polǟ��tica nunca todo estǟ�� documentado. En parte porque, como cualquier polǟ��tico sabe, existen cosas que sencillamente no se pueden (o no se deben) documentar. Nadie en su sano juicio firma un recibo por un soborno, rara vez se pone por escrito una orden para ejecutar una salvajada, a veces las ordenes puestas por escrito no parecen tan tremendas y las convierten en salvajadas quienes las ejecutan, las conspiraciones (que las hay, sin que eso necesariamente signifique caer en ǽ�?�?teorǟ��as conspirativasǽ�?�� genǟ��ricas) por regla general, o bien no se documentan, o bien hasta se documentan mal a propǟ��sito, hay insinuaciones, sugerencias, indicaciones, guiǟ��os entre cǟ��mplices, que estǟ��n mǟ��s allǟ�� de cualquier documento y despuǟ��s de mǟ��s de medio siglo se vuelven indemostrables si uno se empecina en atenerse exclusivamente a esos ǽ�?�?hard factsǽ�?��.Ademǟ��s ǽ�?�? y con esto no pretendo hacerle creer a nadie que he descubierto una novedad ǽ�?�? los polǟ��ticos mienten. No es en absoluto raro hallar que aquello que escribieron o dijeron se encuentra en las antǟ��podas de lo que, al final, terminaron haciendo. Y muchas veces, aǟ��n cuando no mienta descaradamente, el polǟ��tico se ve obligado por las circunstancias e incluso por sus propios enemigos a actuar en contra de sus mǟ��s ǟ��ntimas y firmes convicciones. Y, para colmo, las convicciones tampoco son algo forzosamente invariable a lo largo de la vida de una persona.