La poetisa catalana Isabel Abad, Premio Carmen Conde 1985, viene a sumar con este nuevo libro un éxito más a su ya definida e interesante obra. DE ESPALDAS A MIS OJOS, está dedicada a la memoria del padre. Ella misma nos dice: "Procuré estos versos del sueño de la muerte, hábil en el pesar, mil veces diestra en su tejido impío. Enamorada de la gracia sustantiva del dolor, la vida se me había muerto en el don de mi propio reconocimiento. Si hallé seducción y calma, si repetí genuina al tránsito a la luz, doy fe de mi renacimiento en el tejido denso de estos poemas". Un libro tan bello como humano, tan pleno de fuerza poética como hondamente conmovedor. _ Tan ancha era la noche Pude romper el alba, anochecida, amamantar palomas en mi pecho seducir la mañana por despecho a todas las cascadas de mi herida. Parecerme al otoño, tan llovida, enjaezarte de mí, yegua o barbecho, tan ancha era la noche y tan estrecho, el tránsito de tu alma por mi herida. Ya pedazo de luz, mas no lucero, o azul tobillo de sirena triste, aprendí el mar de tu bogar primero. Toro que el rojo del amor embiste, después de abrirme arena y tentadero, de mi hálito en la boca amaneciste.
ISABEL ABAD nació en Barcelona. Es Profesora agregada de Lenguas Clásicas y Humanidades. Compagina su ejercidio docente con el trabajo de creación y traducción. Ha recibido diversos premios poéticos, entre los que citaremos: "Ámbito Literario", "Ciudad de Toledo", "Juan Boscán", "Carmen Conde", "Ciudad de Martorell", "Alcaraván" y "Vicente Aleixandre". Una parte de su obra ha sido traducida al francés y al polaco. Tiene publicados los siguientes libros de poemas: Motivos de islas (1980); Tiene un paseo azul la llama que sostengo (1982), El alma en la memoria (1983); Dios y otros sueños (1985); Los hombros del oro (1988); De espaldas a mis ojos (1993) y Me nombro umbría (1998). _ Memoria de tu mano Tu mano y esa mía que le ofrece por patria y por paloma residencia, cascada que al compás de su cadencia tu noche entre mi noche desvanece. Tu mano que en mis ojos amanece y al párpado promete su presencia, ¡desátala, amor mío, de la ausencia clavada donde el muérdago florece! Cuando la herida blanca del cabello descienda, ya fraterna y vespertina, a hilar sobre nosotros su destello, Será que se habrá vuelto golondrina en el zorzal de besos de mi cuello, tu mano de mi mano peregrina.
Boca sin luz Incendio o tentación, tarde que en invisible tacto te acostumbras a la abierta granada del crepúsculo, ¿en qué rincón de mí, boca sin luz, labranza del delirio, se hace misericordia su destello? Déjame ser exilio muy despacio en la almena encendida de tu pecho, leche que no otra llaga alimentara, fuente que no es distancia de la dicha. Tan madre breve de mis sueños, fraterna soledad, oh tarde mía, para beber en ti mi desmesura.