La ruptura de la tregua por parte de ETA en enero de 2000 no sólo significó el fracaso de la vía nacionalista hacia la pacificación, sino de la idea, compartida en el fondo por todos los partidos, de que era posible convencer a ETA mediante concesiones politicas. El Pacto de Lizarra llevo esa logica hasta el final (aceptacion del programa soberanista), sin por ello conseguir que ETA dejara de matar ni que Batasuna se distanciase de ella. El libro recoge la busqueda de vias alternativas que va del final de la tregua a la ilegalizacion de Batasuna, pasando por el intento de alternancia electoral y de los efectos del 11-S sobre las expectativas de los sectores interesados en evitar que la derrota de ETA afecte a la hegemonia nacionalista en el Pais Vasco. La oposicion del nacionalismo tradicional a la ilegalizacion de Batasuna, a la vez que trata de hacerse con sus votos como forma de garantizar su permanencia en el poder, determina iniciativas rupturistas que configuran una crisis politica de incierto desenlace.