Mariateresa Di Lascia nació en Rocchetta Sant’Antonio, provincia de Foggia, en 1954. Tras estudiar medicina en Nápoles, se entregó muy pronto a la actividad política en el seno del mítico Partido Radical italiano, del que fue vicesecretaria en 1982 y por el que fue diputada hasta 1988, año en que, desencantada, se encerró definitivamente para escribir su primera novela, La coda della lucertola, que se negó a publicar. Al morir, dejó una tercera inacabada.
Recibe novedades de MARIA TERESA DI LASCIA directamente en tu email
Solitario come un'autobiografia e corale come una saga familiare, questovigoroso e insieme delicato romanzo intreccia le storie di una comunità e idestini dei suoi componenti attraverso lo sguardo di una donna che, perscongiurare la follia sprigionata dal dolore, si affida al potere rasserenantedella memoria. Riemergono allora, in un accorato fluire di ricordi, la madreAnita, il padre Francesco, la zia Peppina, il cugino Saverio... Sullo sfondodi un Sud tanto avvolgente e aspro quanto vitale e dolce, Chiara guida, dauna vecchiaia vissuta fuori dal tempo nel turbinare dei suoi fantasmi, lungogli aspri sentieri della sua esistenza.
"En la casa donde me he quedado, despues de que todos se han ido y por fin se haya hecho el silencio, me arrastro perezosa y cubierta de polvo", nos cuenta Chiara. Fruto de una fugaz debilidad entre la comadrona de un pueblo del sur y un joven sin rumbo, que no sabe muy bien que hacer con su vida, la protagonista crece rodeada del amor sin sombras de su madre y de una pintoresca galeria de personajes, charlatanes, sentimentales y enredados sin remedio en las miserias de la vida cotidiana. Despues, Chiara entrara en los campos minados de un amor imposible y descubrira el extraño privilegio de pertenecer a la estirpe de los DAuriaa: orgullosos, histrionicos y esplendorosamente decadentes. Tambien el lector vivira la infancia, adolescencia y madurez de Chiara, no solo desde su pequeño universo, sino desde el seno de un sociedad atrapada en sus muchos atavismos e hipocresias, pero consciente, a veces, de la profunda hermosura de la vida.