Corremos el riesgo de acabar perdiendo el verdadero significado de las palabras de tanto repetirse. «Sostenibilidad», «inclusión», «resiliencia» son conceptos nacidos del análisis económico y social que hoy se pronuncian, en muchas ocasiones, sin datos que los sustenten. En determinados contextos, la Agenda 2030 ha llegado a ser el paradigma de ello: una serie consecutiva de buenas intenciones envueltas en un lenguaje moral —y moralista—, pero que pocas veces soporta la prueba del rigor económico. Como economista, me he acostumbrado a desconfiar de las afirmaciones sin respaldo. La economía, aunque a veces es imperfecta por el cúmulo de cálculos y pasiones, enseña que todo objetivo universal tiene un coste; y que todo cambio estructural requiere incentivos, no solo declaraciones de principios. Por eso, al leer este libro, uno siente que su autor se rebela contra el buenismo de los informes globales y las cumbres planetarias, mientras los eslóganes políticos que hablan de transformar el mundo acrecientan la burocracia, con especial repercusión en empresas y administra-dos.