Hay iluminaciones que solo conseguimos alcanzar cuando se conjuran desde el territorio poético. Ensanchan la vida. Como cada uno de estos ochenta Ciclogramas, que trazan un círculo visual y simbólico que enquista la lógica lineal para abrir un espacio de silencio y palabra, de palabra y abismo, de abismo e interioridad, poniendo en jaque el orden del poema. Cada una de estas circunferencias contiene una libación hecha idea, oxímoron, paradoja, contrasentido, y una experiencia sensorial y casi lisérgica a la manera de los mantras o a las jaculatorias, en cuya insistente repetición «algo» sucede. Basta mirar esas circunferencias para ensimismarse. Después, de la atención al verso que conforma su curva («Aprende a ser noche», «La eternidad es frágil», «La nada es música», «El todo nunca llega a ser todo»), accedemos a una zona liminar donde brota la posibilidad pura. Hoy, como ayer, lo que es y ha sido el centro –esto Jesús García Rodríguez lo sabe– se construye a partir de lo que suceda en la periferia.