Playas y cultura, un estallido de vida en las animadas ciudades y paisajes preciosos y románticos: Languedoc-Rosellón tiene esto y más. La oferta de ocio en las localidades costeras del Mediterráneo es enorme. Los que se interesen por la historia pueden seguir en el interior las huellas de los cátaros, que han dejado tras de sí impresionantes castillos y conventos, o regresar a la Edad Media en la fortaleza de Carcasona. Los amantes de la naturaleza hallarán en los Pirineos y las Cevenas impresionantes paisajes, mientras que los que busquen aventuras pueden lanzarse a los rápidos del Tarn o el Aude.
“La Florida francesa” en el golfo de Lyón, entre la desembocadura del Ródano y la frontera con España, ofrece sol, arena y palmeras. Las excursiones hacia el interior, a poca distancia de la costa, permiten ya realizar numerosos descubrimientos, desde lugares donde estuvo cazando el primer europeo, el “hombre de Tautavel”, pasando por obras maestras únicas de la arquitectura romana, como el Pont du Gard, la Arena y la Maison Carrée de Nimes, o asentamientos antiguos como Oppidum d’Enserune o ciudades tan atractivas como Béziers, Montpellier, Narbona y Perpiñán. O también se puede explorar el pays cathare, el país de los cátaros, herejes asentados en el sur de Francia a finales de la Edad Media. Aquí, en la montuosa región vinícola de Corbières, se elevan las montañas rocosas con sus castillos entre inacabables hileras de vides: Quéribus, Peyrepertuse o Puilaurens.
En otoño y primavera, las montañas del Rosellón, los Pirineos Orientales, suponen un magnífico destino para todos los que buscan la solitaria naturaleza de la montaña y el trato con la población autóctona.
En definitiva, tomarse tiempo para explorar el Languedoc-Rosellón bien merece la pena.