An early but accomplished work by Edith Wharton, The Touchstone is a tale of money and moral compromise, and foreshadows some of the best novels of her later life. Stephen Glennard, an impoverished lawyer in the glamorous, money-driven society of New York, has one valuable possession: the letters written to him by the eminent and now-deceased author Margaret Aubyn. He has seldom read the letters—he took their writer for granted—but they assume an importance for Glennard when it becomes clear that their financial worth will ensure his future stability and pay for his marriage to the beautiful Alexa Trent. What he fails to realize is that Aubyn’s ghost, once unleashed upon the reading public, will exercise an influence over his own life that reduces all his hopes and pleasure to ashes. American novelist Edith Wharton is known for her finely crafted stories of New York mores, including her Pulitzer Prize-winning novel The Age of Innocence.
Ficha técnica
Editorial: Hesperus Press Ltd.
ISBN: 9781843910664
Idioma: Inglés
Número de páginas: 95
Tiempo de lectura:
1h 53m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 12/03/2004
Año de edición: 2003
Plaza de edición: London
Alto: 20.0 cm
Ancho: 13.0 cm
Especificaciones del producto
Escrito por Edith Wharton
Edith Wharton (1862-1937) fue una de las autoras más representativas de la narrativa estadounidense del cambio de siglo y, en particular, una de las primeras escritoras en alcanzar verdadero reconocimiento y éxito literario. De hecho, se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Pulitzer. Fue la gran cronista de un mundo en desaparición: el de las antiguas jerarquías neoyorquinas, que empezaban a tambalearse ante la irrupción de los nuevos ricos procedentes de la banca y la industria. Su obra cuestionó el papel al que se relegaba a la mujer en la sociedad de su tiempo y contribuyó a elevar el espacio doméstico a la categoría de territorio intelectual. Rodeada de sus perros Pomerania, que solían acurrucarse a su lado, escribía a menudo desde la cama. Decía que así podía prescindir del corsé, una libertad física que, según ella, también liberaba sus pensamientos.