Los medios de comunicación suelen acercarse a la Iglesia con una mezcla de extrañeza, prejuicio e incomprensión. También es cierto que en algunas ocasiones, ya sea por inercia histórica, por falta de lucidez o por temor, las propias instituciones eclesiales no facilitan la tarea de una comunicación serena de la vida eclesial, con sus luces y sus sombras. El caso es que, paradójicamente, una sociedad que se declara mayoritariamente católica (y así lo hemos visto en la última visita del papa Juan Pablo II a España) recibe una información sobre la Iglesia marcada por los prejuicios, cuando no declaradamente hostil.Sin embargo hay otra forma de acercarse desde los medios al fenómeno humano de la Iglesia. Un ejemplo de esto nos lo ofrece José Luis Restán, quien desde su tarea periodística reconoce que en la Iglesia «siempre permanece un punto último de libertad irreductible, un brote de novedad humana que no se puede encasillar, un testimonio de verdad que no se pliega a las presiones». Este reconocimiento de la «originalidad histórica» de la Iglesia no le hace olvidar que «todo esto sucede a través de una carne llena de debilidades humanas y en medio de numerosas derrotas aparentes». La sucesión de artículos que aquí nos ofrece es una ilustración del camino de la Iglesia en los últimos años, marcado por nuevas dificultades, pero sostenido misteriosamente por una fuerza que escapa siempre de los análisis de los cínicos.
Leyendo el discurso de Benedicto XVI dirigido a La Sapienza resulta fácil evocar la figura de Pablo en el Areópago de Atenas. Como el apóstol de las gentes, el Papa ha aceptado exponerse ante un auditorio en el que se mezclan la apertura y la sorna, la dureza de corazón y la seriedad humana, el drama y la frivolidad. La Iglesia no puede encerrarse tras la muralla sin traicionar su propia vocación, y por eso tiene que salir continuamente al encuentro de la razón y de la libertad del hombre de cada época, aun a riesgo de ser escarnecida y vituperada, como lo fue Pablo en la Atenas satisfecha de su saber y su poder. Sin embargo, el testimonio de Pablo plantó los cimientos de una amistad indestructible entre fe cristiana y filosofía. Como subraya con vigor el Papa, el cristianismo no es la vía de escape para los deseos insatisfechos, sino el testimonio de un Dios que es Razón creadora, y al mismo tiempo, Razón que es Amor. El gran peligro del mundo occidental hoy es precisamente la autocomplacencia en su saber y su poder, que le empuja a despreciar la cuestión de la verdad. Y sin embargo siempre habrá hombres y mujeres que no acepten esa terrible mutilación, que peregrinan buscando en medio de la niebla para salir del laberinto del nihilismo. Quiera Dios que puedan encontrar el abrazo de una Iglesia que no teme compartir con ellos el camino de la vida, como nos ha enseñado Benedicto XVI.
Ahora que Benedicto XVI ha cumplido con creces seis años en la silla de Pedro, se puede calibrar con perspectiva la hondura, firmeza y arrojo con que está conduciendo la barca de la Iglesia. José Luis Restán ofrece a los lectores en este volumen un completo seguimiento de los pasos del Pontífice en el arco que va de la primavera de 2008 al otoño de 2011. Un periodo apasionante y lleno de momentos dramáticos, en el que al Papa no se le han ahorrado sufrimientos, pero en el que también ha sorprendido a propios y extraños por su libertad, su capacidad de hablar al hombre de hoy, su impulso reformador, y la potencia de razón y belleza que encierra su magisterio.