No quiero confundir al lector (con lo que cuesta convocarlo a la fiesta de los relatos cortos en un país cuyo discurso oficial los ensalza, los nombra reinas de belleza literaria y los corona una y otra vez en los suplementos especializados, los pondera y apoya, pero no los compra en la misma medida que otros géneros); este no es un libro de relatos de terror. Pero acojona. Tal vez porque Naveiras juega con las cartas boca arriba y, salvo excepciones, no basa la narración en la sorpresa final del cuento, la que lo justifique y salve. Él cuenta algo que nos parece haber visto cientos de veces, pero cuando acabamos de leer, ese acontecimiento ha perdido banalidad para siempre. Sin fuegos artificiales. Sin teorías sobre el bien o el mal. Sólo con la narración desapasionada y quirúrgica, la autopsia de un cuerpo que nos resulta demasiado familiar pero que evitamos identificar por miedo a que tenga nuestro propio rostro.
La vida importa poco.
La única parte que merece la pena es aquella que satisface los instintos.
Al menos para el protagonista de esta novela.
Carlos. Un personaje duro que no siente el más mínimo
Después de su primer libro Poemas para berberechos de la Editorial Diedycul, José Naveiras nos muestra unas imágenes casi mágicas que se plasman en sus metáforas como fogonazos disparados desde una cámara de fotos y es ese fuego, el que ilumina los poemas de este Pecado de silencio que rompe ese silencio mostrándonos el mundo interior del autor. El libro esta dividido en seis secciones Pecado de Silencio, de Ira, de Ausencia, de Soledad, de Olvido, de Dolor, en cada una de ellas el poeta plasma sus emociones de una manera sutil dejándonos un espacio para la reflexión en cada uno de sus indulgentes versos.
José Naveiras, con varios libros de poesía a su espaldas anchas de tipo que parece pausado y sin embargo siempre está haciendo algo nuevo, ahora camina y escribe con una duda entre dos pasos.