Aprisionados en una banca dentro de un salón de clases donde se les prohíbe hablar, muchos niños siguen padeciendo prácticas educativas anquilosadas que no tardan en sofocar su creatividad y sus deseos de aprender. Sin embargo, esas mismas aulas podrían transformarse en espacios donde los pequeños expresaran sus ideas y vivencias, discutieran, deliberaran. Tales actividades, si bien están peleadas con las concepciones dominantes de la enseñanza, son decisivas para una acción formativa en sentido amplio. De hecho, la experiencia de los estudiantes, la que adquieren en la escuela y fuera de ella, es la piedra angular de la función de aprendizaje y lo que finalmente da sentido a cuanto cada niño hace, piensa, lee, escribe, discute. Es, en pocas palabras, el sostén de todo conocimiento.Naturalmente, también para los docentes la experiencia personal es origen y referente del proceso de conocimiento. Esta obra apela a la autonomía relativa de cada profesor ante su práctica para que la conciba como un efecto de la reflexión autocrítica, que, entre otros beneficios, le permita ubicar los orígenes de algunos fracasos y efectos perniciosos del quehacer educativo, a fin de combatirlos y evitar incurrir en ellos. Uno de estos lados opacos de la labor magisterial consiste en disociar teoría y práctica. La propuesta central de esta obra permite reconciliar el pensar con el hacer y ayuda al enseñante a mantenerse alerta respecto de la unidad indisoluble entre todos los componentes de una práctica pedagógica apropiada.
Instruir, adoctrinar, informar, adiestrar, capacitar, formar. Esos verbos casi siempre suponen un lado de pasividad: frente a un emisor activo, el profesor, está un receptor pasivo, el alumno. En contra de esta concepción del proceso educativo, aquí se defiende apasionadamente una idea participativa de la educación, según la cual acumular acríticamente información no equivale a conocer: la información es sólo la materia prima del conocimiento, no el conocimiento mismo. Es condición para éste que la información pase por el tamiz de la crítica, entendida como la aptitud cognoscitiva por excelencia, y analizarla, cuestionarla, contrastarla con la experiencia, confrontarla con las ideas, enjuiciarla.Aunque nuestra sociedad ha señalado un lugar para el fomento de la capacidad crítica, la escuela, ni siquiera ésta es ajena a formas irreflexivas de pensar y actuar. En la escuela tradicional, el conocimiento se presenta como una realidad dada de una vez y para siempre, no como una construcción resultante del esfuerzo individual y colectivo. En esta obra se hace un replanteamiento de las instituciones educativas, a fin de salvaguardarlas como espacios privilegiados para la crítica y contribuir al surgimiento de nuevas y mejores formas de la experiencia educativa. Pero en este empeño debe quedar claro que el fomento de la crítica no se circunscribe a la escuela, sino que hace de la experiencia vital del sujeto centro de reflexión.