Los hombres suelen matar y morir por alcanzar el poder y por mantenerlo. Pocos, muy pocos, lo abandonan por su propia voluntad, una vez obtenido. Por eso, el emperador Carlos V se nos presenta como un enigma: rey de España, señor de las Indias, duque de Borgoña y emperador. Y de todos sus títulos se despojó para pasar sus últimos años en un monasterio extremeño, sin armiños, sin órdenes, sin envidias... Un gesto tan señorial y tan incomprensible para nosotros como el desafío en duelo a Francisco I de Francia para zanjar de una vez, sin más guerras, sus disputas sobre Milán. Numerosos son los libros dedicados a la figura de Carlos V. Pero ninguno se centra como éste en los complejos vericuetos de su personalidad. Aun interesándose por la obra política y los hechos militares y diplomáticos del César, el gran historiador Miguel de Ferdinandy desvela al hombre a través de su familia, su educación, su fe... En su familia, por ejemplo, se sucedieron genios políticos como Carlos el Temerario y sus abuelos Maximiliano de Borgoña, Isabel de Castilla y Fernando de Aragón con enfermos mentales como su madre Juana y débiles como su bisabuelo Juan II de Castilla.
El autor renuncia al rígido método analítico para presentar la figura de Felipe II como un espejo que también nos refleja. Un rey que a lo largo de su vida perdió, además de sus seres queridos, su herencia alemana, su dote inglesa, los Países Bajos...