Els búnquers
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| hace 18 días
Els búnquers, de Ferran Guallar es un libro redondo: no te deja indiferente mientras lo lees ni, sobre todo, cuando cierras la última página. Lo llamo redondo porque tiene una arquitectura casi cruel. La primera parte te hace disfrutar, te convence, te hace compañía. Y entonces llega el golpe. Un bofetón que no ves venir y que reordena todo lo que acabas de vivir. Guallar cuenta la historia de un escritor que se le parece tanto que el juego de la autoficción deja de ser un truco y se convierte en el motor del libro. El protagonista pensaba que se moriría a los treinta. Lleva casi el doble y no entiende cómo ha podido ocurrir. Cada mañana sube en bici los búnkeres del Carmel; en la curva seis, dice, la cabeza se le aclara y la vida vuelve a tener trama. Ese ritual —tan barcelonés, tan físico, tan de quien busca un orden porque por dentro no lo hay— es el hilo que sostiene una novela sobre la rutina y sobre la pasión que la rompe. Si él es el centro, no va solo. Lo acompañan dos personajes de una adicción rara: da igual si son ficción, memoria o un híbrido imposible de desenmascarar. Lo que importa es que te entran adentro. Te habitan en la primera parte, te sacuden en la segunda y te dejan el poso amargo y preciso del epílogo, que es, sí, de esos que te hacen llorar sin teatralidad, con una honestidad que duele. Guallar consigue que la autoficción no sea un espejo vanidoso, sino un artefacto que pregunta qué hacemos con los años que no esperábamos tener, con el deseo que irrumpe cuando ya nos habíamos instalado en la supervivencia, con la brutalidad de vivir cuando creías que ya la habías domesticado. No es una novela que cuente “una historia”. Es una novela que te hace sentir que te han contado algo tuyo sin habértelo preguntado. Por eso, después del final, no cierras el libro: el libro te cierra a ti un instante, y después te devuelve al mundo un poco más desarmado y, paradójicamente, más despierto. Muy recomendable.