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Antonio Jesús Ramírez Pedrosa
18/05/2021
Tapa blanda
No recuerdo cuándo fue la última vez que esperé con tantas ganas la publicación de un libro. La mayoría de libros que he leído en los últimos años me los he encontrado casi por casualidad, ya completos y en las estanterías de las librerías que visitaba (al menos, casi todos ellos). Pero esta vez ha sido distinto. Hacía meses que empecé a conocer los poemas de este libro con la tranquilidad de quien se queda en casa, sin prisa alguna, mientras la ciudad parece borrarse tras la lluvia. Una poesía que choca, al principio. Una poesía que te despoja de ideas preconcebidas. Una poesía que te desnuda para ponerte frente al espejo. Conocí la poesía de Marc por casualidad. Y no la conocí por escrito, como se suele presentar la poesía. La conocí por un vídeo en YouTube en el que recitaba uno de los poemas que encierra este libro. ¿Qué fue lo que me hizo sentirme tan atraído por sus versos? Lo tuve claro entonces y sigo pensando lo mismo: su forma de narrar lo cotidiano, su forma de hacerte ver la ciudad, el entorno, a ti mismo. Luego descubrí otros de sus poemas y, desde que lo escuché en ese vídeo, no soy capaz de leer algo suyo sin escuchar su voz. ¿Acaso es posible que un estilo, que unas palabras impresas, puedan hacerse dueñas de la voz del poeta? Marc J. Mellado me ha demostrado que sí puede ocurrir. En su poesía ocurre. Y en su poesía aprendí a ver la ciudad con otros ojos, a fijarme en las pequeñas cosas que desaparecen bajo los propios cimientos de una ciudad que aún no existe, o entre los edificios de la ciudad que tengo frente a mi ojos como si mi realidad fuese una densa niebla que lo engulle todo para acabar disipándose sin que nada más ocurra, quedando solo el recuerdo de haber sentido, por un momento, que solo yo, mi historia y la de quien estaba conmigo, era lo único que daba vida a la ciudad. ¿Y quién no se ha sentido así alguna vez? ¿Quién no se ha sentido abrumado, repentinamente, al percatarse de todo cuanto ocurre a su alrededor, en la ciudad? Eso es lo que he sentido yo al leer los versos de Marc. He sentido el repentino sobresalto de verme rodeado de desconocidos, de verme totalmente atrapado en una ciudad que no conozco pero que recuerdo desde siempre (gracias a sus poemas). Y aunque algunos de sus versos ya los conocía, reencontrarlos en este poemario ha sido similar a encontrar a un viejo amigo en esa ciudad que algún día compartimos. También me he sentido vulnerable al leer sus versos. He sentido la extraña necesidad de querer escapar de la ciudad, de comprender qué hay más allá, más acá o quizá, más abajo de ella. He sentido la vibración de las pisadas frenéticas del ritmo constante de la ciudad, y la curiosidad de un niño que busca comprender dónde nacen las raíces del todo. También he echado de menos la tristeza, las sonrisas y el brillo de los ojos que ahora ocultan las pantallas de los teléfonos móviles. ¿Alguna vez os habéis sentido diminutos al contemplar el ocaso? Tan alejados del cielo y de la tierra en ese momento en que el sol se esconde tras los edificios, araña las ventanas alargando de forma casi infinita la sombra de las ramas y desaparece en el horizonte dejando tras de sí esa luz anaranjada que da paso al azul más oscuro y denso. Y es extraño. Normalmente, imagino la ciudad de color gris. Sin embargo, las palabras de Marc, sus versos, su forma de ver el mundo, me han hecho sentir una ciudad color ámbar, una ciudad tranquila y en silencio, una ciudad que parece susurrar todo lo que el resto de ciudades callan. He encontrado un espejo donde mirarme y comprender cuánto hay más allá de mis versos, de sus versos y de la poesía misma. He encontrado la seguridad suficiente para terminar el día, para afrontar ese instante incierto antes de la noche, para disfrutar con la mirada perdida ese momento en el que empieza la tarde.