La joven protagonista de esta preciosa historia que están a punto de leer, Elisa, precisamente tras la muerte de su abuela, cuando era una niña de ocho años, tiene su primera epifanía existencial, o crisis, como queramos llamarlo. Toma asi conciencia de la muerte, y por extension, de la vida. Y claro, empezaron a brotar las preguntas, las dichosas preguntas, y el vacio, la angustia, la nausea, como definio el gran Jean Paul Sartre de forma magistral a ese terrible estado.Su personaje, Elisa, viene a funcionar como un alter ego de aquel Antoine Roquentin de Sartre, salvando las distancias, claro. Reflexiona ante su experiencia vital, ante todo lo que vive y siente, ante el paso del tiempo, ante las impresiones sensoriales que percibe, ante las siempre complicadas relaciones con los demas, ante la dificultad de adaptarse a un mundo que parece deshacerse ante nuestras manos y en el que parece dificil encajar, ante su propio descenso a los infiernos.Pero no piensen que es una novela pesimista y deprimente. Al contrario. Es una invitacion a vivir la vida, pero con los pies en el subsuelo, en la cruda realidad, una vez superada la nausea; y una clara apuesta por el camino de la introspeccion, del conocimiento de uno mismo, al que es importante viajar, pero del que tambien debemos aprender a salir antes de que nos acabemos hundiendo en nuestro propio pozo interior.Solo me queda mostrarle a Silvia mi mas sincera gratitud por permitirme el honor de prologar esta fantastica obra, que, ademas de todo lo dicho, pone en el punto de mira un tema del que, por fortuna, se habla mucho ultimamente, aunque no tanto, creo, como se deberia: la salud mental. Por fin, parece, la sociedad esta tomando conciencia de que vivimos una inmensa pandemia que, sin embargo, camina y se mueve sigilosa y silenciosamente. Gracias tambien, Silvia, por darle visibilidad a este tema, y de esta forma tan bonita y humana.Oscar Fabrega
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