El consumo de hoy en día ha venido a sustituir, en cierto modo, a las religiones. Pocas marcas logran esa sacralización, esa devoción e identificación por parte de sus clientes. Una fidelidad que les ha proporcionado éxito sin necesidad de existir una correspondencia cuantificable en ventas masivas. La clave parece estar en la experimentación de un sentimiento de mayor individualidad, de exclusividad, por pertenecer, precisamente, a una comunidad con unos intereses diferenciados de los del resto de los mortales.