Edith Wharton (Nueva York, 1862 - Saint Brice, Francia, 1937), de soltera Edith Newbold Jones, nació en el seno de una familia de la alta burguesía neoyorquina y en 1885 se casó con el banquero Edward Wharton, del cual se divorció en 1913. Obtuvo su primer éxito literario con la novela La casa de la alegría (1905) y en 1921 ganó el Premio Pulitzer con La edad de la inocencia. En 1907 se había establecido en Francia y allí consolidó su amistad con Henry James. Durante la Primera Guerra Mundial, fue autorizada a visitar los frentes y sobre esa experiencia publicó una serie de artículos, a la vez que colaboraba con la Cruz Roja. Por este motivo, el Gobierno francés le otorgó la Legión de Honor. Un leitmotiv que aparece recurrentemente en sus novelas y relatos es el drama psicológico que sufren sus personajes ante unas rígidas convenciones sociales que impiden la libre expresión de sus sentimientos. Todo ello tratado con ironía crítica y sentido del humor.
Ficha técnica
Editorial: Terapias Verdes / Navona
ISBN: 9788492840199
Idioma: Castellano
Número de páginas: 144
Tiempo de lectura:
3h 21m
Encuadernación: Tapa blanda
Fecha de lanzamiento: 29/10/2010
Año de edición: 2010
Plaza de edición: Barcelona
Especificaciones del producto
Escrito por Edith Wharton
Edith Wharton (1862-1937) fue una de las autoras más representativas de la narrativa estadounidense del cambio de siglo y, en particular, una de las primeras escritoras en alcanzar verdadero reconocimiento y éxito literario. De hecho, se convirtió en la primera mujer en ganar el Premio Pulitzer. Fue la gran cronista de un mundo en desaparición: el de las antiguas jerarquías neoyorquinas, que empezaban a tambalearse ante la irrupción de los nuevos ricos procedentes de la banca y la industria. Su obra cuestionó el papel al que se relegaba a la mujer en la sociedad de su tiempo y contribuyó a elevar el espacio doméstico a la categoría de territorio intelectual. Rodeada de sus perros Pomerania, que solían acurrucarse a su lado, escribía a menudo desde la cama. Decía que así podía prescindir del corsé, una libertad física que, según ella, también liberaba sus pensamientos.