Durante siete siglos, los munera gladiatoria fueron uno de los pilares sobre los que Roma construyó su identidad, su cohesión social y su poder político. Los gladiadores eran esclavos y hombres libres, extranjeros y ciudadanos, parias sociales e ídolos de masas capaces de despertar la admiración de los niños y el deseo de las aristócratas. Entrenaban con disciplina militar, comían con arreglo a dietas calculadas, vivían en comunidad y, cuando caían en la arena, podían recibir sepultura digna y epitafio.