En el obituario de Martín-Santos que le dedicó el lingüista Koldo Mitxelena se refirió a su libro Tiempo de silencio como “viudo en su plenitud, reclamando descendencia, solitario precursor de una abundante cosecha, testigo inválido de lo que podría haber sido”. Su desgraciada y sorpresiva desaparición al comenzar 1964 nos privó de todo lo que podía haber aportado un personaje de semejante naturaleza, aunque su corta existencia –cuarenta años– le fue suficiente para dejar testimonio y obra en territorios y disciplinas tan diversos como la literatura, la psiquiatría y la medicina, la implicación y la reflexión política antifranquista, su preocupación por las artes o la participación en singulares proyectos locales, de unas elecciones municipales a una academia nómada. Tiempo de silencio preside una descendencia que hoy conocemos bien (su novela póstuma,Tiempo de destrucción, su producción poética, su narrativa breve, cuentos, ensayos sobre diferente temática…). Su tiempo, el de la década de los cincuenta del pasado siglo, tan impreciso y oscuro en el corazón temporal de la dictadura, tan silenciado, fue el preludio de otro que alumbró nuevos horizontes para todo un país y su ciudadanía.En el centenario de su nacimiento, una docena de especialistas repasan en este libro la vida y obra de Luis Martín-Santos. Abordan el escenario social y político de ese tiempo bisagra que fueron los cincuenta, entre el aislamiento y la apertura del régimen y de la sociedad franquistas, su participación en la reconstrucción del socialismo español, el contenido y contexto de su excepcional novela, su relación con otros mundos artísticos, como el cine, la composición musical o las artes plásticas, su tarea profesional y su producción científica médica y psiquiátrica, y su presencia en aquella Academia Errante guipuzcoana. También sus hijos, Rocío y Luis, nos dejan unos sentidos retratos de su padre, literarios y gráficos, que proporcionan todavía más vida a estas páginas.