Graduado en Historia por la Universidad de Valencia, especializado en el Medievo y la Modernidad de Europa, así como en historia y cultura de Japón. Ha cursado un posgrado de Historia Militar en el Instituto Universitario Gutiérrez Mellado y un máster en Estudios Japoneses en la Universidad de Zaragoza. Sus campos de investigación abarcan desde la geopolítica y tácticas militares antiguas, a los factores espirituales y míticos de la Historia en la forja de las identidades nacionales.
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El Medievo no fue una época completamente cristiana. El debate sobre la pervivencia de elementos paganos en el catolicismo, y el peso que Grecia, Roma y el mundo germánico han tenido en la mentalidad europea, no es baladi, sino que grandes pensadores de ayer y hoy han dedicado improbos esfuerzos a resolver esta cuestion. El paganismo no murio con el emperador Juliano II el Apostata, ni con Hipatia de Alejandria, ni tampoco en el 476 d.C. con el colapso de Roma. En el siglo IV d.C. el cristianismo se impuso, si, pero metamorfoseandose hasta el punto de hacerse irreconocible. Las formas cambiaron, los antiguos dioses y heroes se transmutaron en santos y martires, los mitos pasaron al folclore. Pero los arquetipos jamas murieron. El alma pagana se mantuvo latente y viva en el rio oculto de la Tradicion, llegando hasta la filosofia de Julius Evola, y los mundos de Conan de Robert E. Howard o de la Tierra Media de J.R.R. Tolkien, cuspide del espiritu europeo. Y ello gracias a figuras como Chretien de Troyes y sus herederos, que reavivaron las brasas de la cultura clasica en el siglo XII, con un ardor nuevo: el de la Caballeria, que se convertiria en la culminacion del modo de vida optimo, un camino de perfeccion en que se dan la mano la arete y la gratia como doble camino de heroismo mediante la accion viril y un espiritu piadoso.