La noche del cazador, el único largometraje dirigido por el actor inglés Charles Laughton en 1952, es un verdadero ejercicio de sabiduría. Una película decididamente singular dentro de la historia del cine en la que, sin embargo, no es posible establecer una direccion unica. En su travesia hallamos un denso y enigmatico poema en imagenes que convoca tanto el espiritu fabulistico de los "fairy tales" como la crueldad del cuento gotico. A traves de multiples filiaciones -de la Biblia, fuente de la que se nutre el puritanismo anglosajon, a la literatura visionaria de Hawthorne y Poe; de la inspiracion filmica de Griffith a los relatos de Twain, Wolfe o Anderson sobre los que se ha edificado el sueño americano...- nos encontramos con un poderoso relato iniciatico sobre el fin de la inocencia y un enigmatico thriller familiar donde las tinieblas morales pesan mas que las tinieblas de la noche. Un filme de marcada composicion onirica que permite explorar las claves de los sueños sin que en esta ambigua caceria humana sea posible conciliar el sueño ni quepa esperar un despertar ordenado a su termino. Y es que, siendo una obra maestra del fantastico, La noche del cazador es tambien una experiencia limite para el espectador que retiene en cada visionado el sentimiento de un desorden interior. Una experiencia intima que exige ser remontada una y otra vez, como se remonta el rio de los cuentos, para captar su estela de misterio y bucear en las riberas donde se depositan nuestros enigmas.
La convulsiva aparición del cine moderno en los años sesenta fue un verdadero acontecimiento en la evolución de la cultura europea y, como sucede con todo acontecimiento, tuvo tormentas y bonanzas, zonas de misterio y efectos retardados. En todo caso delimito la idea del cine como caja de resonancia de las dinamicas sociales y las practicas artisticas. Y, tomado en bloque, constituyo una experiencia moral determinante para la sensibilidad contemporanea, afectando al paisaje colectivo de dos generaciones de espectadores. El presente volumen quiere indagar en este movimiento heterogeneo del cine moderno europeo entre l960 y l980. No al modo de un inventario enciclopedico, sino como un riguroso cuadro de reflexion sobre sus autores y sus ficciones para acentuar la identidad de una epoca que hizo del cine una experiencia fecunda abierta a todas las tormentas posibles. Y, como sucede con todo ensayo exploratorio, merodea en torno a la subjetividad como una manera de aprender a ver lo que todavia tenemos demasiado cerca y, sin embargo, permanece distante para la desheredada conciencia del espectador de nuestra epoca.
Se puede hablar de Antonioni (Ferrara, 1912) como de un superviviente, el único junto con Godard, de una época en la que todavía se podía entablar un diálogo radical con las formas estéticas y de un cine que conjugaba el entusiasmo de la experimentacion con la fuerza poetica y la palabra pensada en una suerte de unidad hoy resquebrajada.Este texto se propone navegar por las figuras distintivas del particular estilo de Antonioni, sin idolatrias de ninguna clase, buscando modos de uso, pistas de reconocimiento para proyectar algunas interrogaciones sobre nuestro presente.La inmersion en la obra de este autor fundamental puede hacernos entender las claves de la modernidad y tambien de un momento en el que el cine tenia talento incluso para convenir las reglas de su propio suicidio.
No hay nada más evocador que un cuerpo filmado: los rasgos y la piel, pero también los gestos y movimientos. Y es uno de los privilegios del cine poder llevar a cabo esa misión como ningún otro arte