Me encontró en la esquina, arrinconado.
El principio: un asedio que poseyó la hundida
suficiencia de toda una mortaja,
las horas en el beso intrascendente,
los huertos reducidos al desgaste
del que asienta su inercia hacia el invierno.
Mi lucha fue un conflicto vulgar por las fracturas
la flor fortuitamente ocurrida, que son
todas las resistencias reforzadas
todas las fortalezas resistidas.
Y solía decirme
desde este derrotero inconsecuente:
¿Por qué atardece siempre de tu lado?
¿Acaso elegí yo la suerte de tu asedio?
Aunque me amortiguara
en la espesura de la flor corrupta.
Aunque precipitase los acuerdos de paz,
la concesión injusta de mi tierra,
su cultura, ahogándola
en un invierno idéntico de olvido.
No hay lugar para nadie
en la extensa amplitud que te precede.
Todo acaba y empieza en el asedio.
Esto era envejecer.
Un asedio entre dos veces que fueron nada.