La pintura catalana considerada gótica tiene unos límites iniciales y finales móviles, que lo son por ser todavía objeto de algunas discusiones. Este estudio parte de un recorrido introductorio por las obras que unen esos dos extremos. Sin embargo, son los tres capitulos siguientes los que, conocido el marco, nos adentran en las andanzas de las artes del primer Trecento catalan. Pese a que la centralidad de cualquier etapa tambien podria debatirse, es indiscutible el protagonismo de los escenarios y obras que vamos a estudiar. En primer lugar, la Catedral de Barcelona que, en la fase inicial de construccion del nuevo edificio gotico, acoge en su girola las grandes vidrieras asociadas al obispo Ponç de Gualba. Se busca revelar sus relaciones con la escultura languedociana y otras promociones del franciscano Jean de Tissandier (Cordeliers de Toulouse), a partir del credo creativo del Maestro de Rieux, sin olvidar la Mallorca del vidriero Matteo di Giovanni, en conexion con el arquitecto Jaume Fabre. El monasterio de Pedralbes, de Jaime II a los tiempos de la reina viuda Elisenda de Montcada, favorece la revision de las pinturas del claustro y de la Capilla de san Miguel, despues de las ultimas restauraciones. El pintor de la Silla prioral de Sigena o el taller del Maestro del escribano de Lerida nos permiten abrir el objetivo de un tema que se ramifica. En una Cataluña abierta a la maniera italiana, los dialogos giottescos y bassianos, Ferrer Bassa y su nucleo plural de colaboradores, estructuran la parte final del libro, abogando siempre por la complejidad del relato y habida cuenta de los muchos vacios que enturbian algunas de las conclusiones.