En la literatura hay comarcas imaginarias y otras que aunque presenten en mano la dura credencial de lo real, son reinventadas hasta desdibujar los bordes entre lo real y lo imaginario. A esta última estirpe, sospechamos, va a pertenecer de aqui en mas la Villa Celina de Villa Celina, de Juan Diego Incardona. Y por, al menos, dos motivos: primero porque se trata de una version personal y hasta intima del barrio, tachonada de amigos, vecinos y referencias autobiograficas; y segundo porque la zona, tan claramente delimitada en el prologo, ira adquiriendo tintes miticos en la medida que avanzan los relatos, cuentos y cronicas de la saga bonaerense. Un hombre gato por aqui, una curandera por alla, un episodio de violencia silenciado por los diarios, perros rabiosos, entre otros prodigios tan magicos como verosimiles desdibujan el territorio, lo enturbian y lo vuelven grisaceo. Quizas, el territorio geografico se desplaza hacia un espacio mental que ya no conoce de fronteras tan precisas, un espacio mental que no encalla en el cruce de la General Paz y la Ricchieri. Se trata, segunda sospecha, del territorio de la infancia. Claudio Zeiger