Espías, nacionalistas y diplomáticos tejieron, entre Madrid y Tetuán, un laberinto de alianzas que aspiró a redefinir el Mediterráneo en el primer tercio del siglo XX. Un ensayo riguroso que lee la politica colonial como una novela de intriga.En el verano de 1932, cuando Madrid se debatia entre la esperanza y la tension politica, nacio la Asociacion Hispano-Islamica. Un proyecto extraño, casi silencioso, como esas ideas que llegan antes de que el mundo este preparado para escucharlas. Aspiraba a ser lugar de encuentro e instrumento de influencia: un espacio donde la palabra politica se mezclara con el calculo comercial y sueños mas vastos que los de sus propios fundadores.En torno a una misma mesa se sentaron politicos españoles de ambicion desigual, periodistas atentos al rumor de los tiempos, hombres de negocios que olfateaban oportunidades mas alla del Estrecho y jovenes nacionalistas marroquies y arabes que veian en aquella asociacion la rendija por la que podia entrar un futuro distinto. Detras de la iniciativa estaba Jaime de Argila, periodista y arabista catalan, cuya vida habia quedado marcada por su amistad con el emir Shakib Arslan: druso de origen, suni por conviccion, viajero incansable y figura reverenciada del despertar islamico, cuya voz resonaba lo mismo en el Magreb que en Oriente Medio. La historia de la Asociacion fue breve, pero densa, como una conversacion interrumpida demasiado pronto. Se sucedieron las ocasiones desaprovechadas, las decisiones postergadas, los silencios cargados de prudencia y temor. Quizas, de haber seguido otro curso, la Segunda Republica habria hallado en el mundo arabe un espacio de influencia y de comercio, apoyandose en la fragil pero estrategica plataforma del protectorado marroqui, y el verano de 1936 habria tenido otro desenlace.Desfilan por esta historia personajes dispares, atrapados en un laberinto de lealtades cambiantes y calculos incompletos que, a traves de documentos ineditos, va tejiendo un relato de cadencia literaria, donde el peso del destino parece imponerse a la voluntad de los hombres. Y, como ocurre siempre, la cronica deja tras de si no solo hechos, sino preguntas que la historia aun no ha terminado de responder.
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