En estos breves ensayos sobre los aspectos más pacíficos de la literatura y de la poesía , no nos hemos impuesto absolutamente la ley, como algunos, poco caritativos o mal informados, querrían hacerlo creer, de lanzar forzosamente ideas que se dicen nuevas, de contrariar sin interrupcion las opiniones diriamos consagradas, de rectificar y de dar a un lado los juicios ya definitivos, asi como de exhumar una tras otra las reputaciones para demolerlas. Suponiendo que ese papel conviniese a alguien, ¿quienes somos nosotros para desempeñarlo?. Nuestro proposito es mas limitado. Tenemos algunos principios de arte y de critica literaria que procuramos aplicar, haciendolo sin violencia siempre, y amablemente a los autores ilustres de los dos siglos ultimos. Ademas, la impresion que una nueva y reciente lectura ha dejado en nosotros, impresion pura y franca, y lo mas pronta e ingenua que cabe concebir, es la que ha decidido el tono y el color de nuestra platica. Eso es lo que nos ha dictado la severidad contra Juan Bautista, la estimacion por Boileau y la admiracion por madame de Sevigne, Mathurin Regnier y algunos otros mas. Hoy toca su turno a la Fontaine. Al tratar de el, luego de tantos criticos como lo han juzgado, y despues de los trabajos del señor Walckenaer en particular, nos obligamos a no decir nada nuevo de el, por lo que hace al fondo, ya no hacer en definitiva, sino volver a interpretar a nuestra manera y a insinuar algo diferente algunas veces, las mismas conclusiones en lo que se refiere a los elogios, y las mismas loas de la critica sin veneno, diriase amorosa. Mas estas repeticiones, sin embargo, y dada la manera como las concebimos nosotros, no nos han parecido enteramente inutiles, aunque no sea sino porque muestran que tambien nosotros los mas recien venidos y oscuros, sabemos, por conviccion y por necesidad, colocarnos a continuacion de nuestros antecesores en la carrera.
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