Insolente, rebelde y libertino, el rock & roll se empecina en nutrir una imagen sin domesticar: un visado de eterna juventud enfrentado a las inexorables leyes de la biología. Pero, he ahí el prodigio, envejecen y se acartonan sus heroes mientras su legado y sus señas de identidad perduran. Varias generaciones han crecido imantadas por la electrizante fuerza cultural de esta musica. Sus canciones les han servido de caton con el que han aprendido lo esencial de la vida: el rock ha sido academia y pupitre, el silabario de los hijos de la calle. Y no es necesario, cabe expresar con altaneria, que un Nobel para Bob Dylan venga a certificar el alto vuelo de su taller literario como no hizo falta que se le extendiera diploma sueco alguno a Borges para reconocer su asombroso talento. Hay, que duda cabe, una poesia del rock en España. Pero tal aseveracion tambien esta abierta a la controversia. Es lo que este numero de Litoral, coordinado por Manuel Bellido Mora, intenta alentar, avivando un debate sobre si, intrinsecamente o no, se le puede adjudicar tal rango a todo lo que se escribe en el infinito y promiscuo universo rockero, pues se comporta abierto a toda clase de mestizajes. El binomio formado por musica y letra constituye un vehiculo con una insolita capacidad de transmitir emociones y de contagiar ideas. Tanto es asi que, en bastantes casos, el modelo del mundo que tienen los oyentes, e incluso su imaginario sentimental, reside en estribillos y versos. Las canciones, frecuentemente, han sustituido a los libros entre los aficionados al rock. Y esto no debe tomarse como una peligrosa desviacion, como algo perverso, porque encierran gran riqueza expresiva y sintactica. Contienen metaforas, imagenes y recursos poeticos poco comunes. Otras veces, por el contrario, se decantan por la inmediatez expresiva, incluso por lo banal, prescindiendo de todo adorno. Por eso, exentas de la musica, algunas composiciones palidecen, muestran su traslucido vacio. Sin el armazon del ritmo, buena parte de la magia de las letras se evapora. Y sin embargo se mantiene intacto su poder de comunicacion. Pero ¿ y la voz? El timbre vocal, delicado o brusco, abriga y realza el valor literario de las letras. La cadencia del verso halla su mejor complemento en la melodia y en la forma de entonarlo con las peculiares caracteristicas del cantante. Cuando, de ese encuentro, surge la armonia, la cancion alcanza todo su sentido en el que escucha. Sobre este apasionante tema con gran riqueza de perspectivas reflexionan aqui, entre otros, Sabino Mendez, Kiko Veneno, Santiago Auseron, Gabriel Sopeña, Miguel Rios, Jose Ignacio Garcia Lapido y Antonio Luque Sr. Chinarro.
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